Desorbitados, sin rumbo aparente, se encuentran…
Un planeta para cada luna… Quizá incluso más de una, pero solo un planeta.
Y la luna —y las lunas— en su derredor.
Todas, excepto una.
Excepto esa Luna que, desorbitada, parece vagar errante.
¿Perdida? Acaso confundida, por momentos.
Pero, ¿quién no se confunde al menos por un instante?
En su accidentado trayecto, la Luna errante construye una órbita lejos de cualquier planeta.
Una luna para cada planeta. Al menos una, pero en ocasiones un par, una decena, un centenar.
Y todos en torno a una estrella cuya fuerza de gravedad provoca el mágico espectáculo.
Cada estrella, el centro de un perfecto sistema en equilibrio. Y a su vez en torno a otra semejante.
Todas, excepto una.
Excepto esa Estrella que solitaria vagabundea como perdida.
¿Perdida? Busca… Y encuentra.
Porque… ¿acaso no es nuestro viaje un permanente encuentro salpicado de dudas?
Pronto en su errar caprichoso esas Estrella construye una órbita lejos de todo.
La Luna sin planeta recorre su nuevo camino. Menguante, la describen los que no saben mirar. Creciente, afirman otros, buscando en ella un espejo.
Llena, se sabe ella.
Porque su errante órbita sin planeta se encuentra de pronto con una Estrella sin astros. Un instante. Giran.
Eclipse.
Lunar. Estelar. Perpetuo.