Meses (¿años?) de silencio, pero nunca de ausencia.

Eternidad.

Mundos paralelos, no dos, no tres… infinitos.

Coexistiendo.

Nunca sobreviviendo, acaso viviendo con tal vértigo que apenas es perceptible por el resto del universo.

Ahí estamos, siempre presentes, no como sombra, en todo caso cual luz incandescente a grado tal que la ceguera que produce puede torpemente confundirse con la nada siendo todo.

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Escribir para sobrevivir

Poco después de un año de haber iniciado con esta bitácora, declaré que me alejaría un poco de ella, atendiendo a un ejercicio de exploración en el que pretendía armar las piezas sueltas del rompecabezas que mis palabras han ido arrojando aquí y allá a través de los años. En dos años y medio, he vuelto una decena de veces a decir unas cuentas cosas, pero mientras he estado lejos la dichosa aventura anunciada se quedó en puras intenciones.

Y mientras me alejaba de este rincón —descubro ahora— me fui distanciando también del resto de mis cuadernos virtuales. Más todavía: me fui separando de las letras mismas. A ratos alguna coyuntura me hizo volver a alguna de las plataformas en las que otrora solía escribir un par de veces por semana.

Muchas veces justifiqué mi silencio argumentando que estaba experimentando tantas cosas que o me ocupaba de vivirlas o me daba espacio para documentarlas. Fui dejando en el camino muchos borradores y notas que nunca alcanzaron la sintaxis mínima para salir a la luz. Me dije en repetidas ocasiones que más tarde volvería para darles cuerpo. Pacientes, siguen esperando que un toque de inspiración se conjunte con una buena dosis de voluntad.

Anoche, conduciendo por la carretera, tuve algo semejante a una epifanía. No tengo muy claro cuál fue el detonador, pero de pronto me sentí abrumado ante la inevitabilidad de la muerte. De mi propia muerte. Insisto: no tengo clara la secuencia de disparates que empezaron a conectarse entre sí hasta confrontarme con nuestra efímera condición humana.

Le di varias vueltas al asunto y terminé con una poderosa sed de escribir, convencido de que si algo podría sobrevivirme, son mis palabras. En cuestión de segundos, me persuadí de la urgencia de escribir cuanto me fuera posible, ya que solo así podría garantizar un mínimo de trascendencia.

Admito que posiblemente mi aspiración no se realice, pero nada pierdo intentándolo. Así pues, me decido recuperar por enésima vez las palabras. Es hora de reencontrarme con un puñado de borradores y ponerme a mano con algunas ideas. Ya el que quiera leerá lo que le venga en gana, por supuesto. Anhelo que mis palabras sean dignas de sobrevivirme pero, a fin de cuentas, escribo para mí mismo.

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Eclipse

Desorbitados, sin rumbo aparente, se encuentran…

Un planeta para cada luna… Quizá incluso más de una, pero solo un planeta.

Y la luna —y las lunas— en su derredor. 

Todas, excepto una. 

Excepto esa Luna que, desorbitada, parece vagar errante.

¿Perdida? Acaso confundida, por momentos.

Pero, ¿quién no se confunde al menos por un instante?

En su accidentado trayecto, la Luna errante construye una órbita lejos de cualquier planeta.

Una luna para cada planeta. Al menos una, pero en ocasiones un par, una decena, un centenar.

Y todos en torno a una estrella cuya fuerza de gravedad provoca el mágico espectáculo.

Cada estrella, el centro de un perfecto sistema en equilibrio. Y a su vez en torno a otra semejante.

Todas, excepto una.

Excepto esa Estrella que solitaria vagabundea como perdida.

¿Perdida? Busca… Y encuentra.

Porque… ¿acaso no es nuestro viaje un permanente encuentro salpicado de dudas?

Pronto en su errar caprichoso esas Estrella construye una órbita lejos de todo.

La Luna sin planeta recorre su nuevo camino. Menguante, la describen los que no saben mirar. Creciente, afirman otros, buscando en ella un espejo.

Llena, se sabe ella.

Porque su errante órbita sin planeta se encuentra de pronto con una Estrella sin astros. Un instante. Giran.

Eclipse. 

Lunar. Estelar. Perpetuo. 

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¿A dónde van?

¿A dónde van los besos que nunca dimos, los besos que nunca fueron?

Todos, sin importar nuestras circunstancias, descubrimos un día que un montón de besos quedaron sin ser. Besos que contuvimos, que terminamos matando. Ninguno que nos impidiera ser felices en el presente y, sin embargo… A ratos quizá uno llega a pensarlos con cierta nostalgia.

Me detengo a repasar algunos y descubro que son esos besos los que han trazado mi vida, los que han marcado la ruta. Son esos los besos que han hecho de mí el que soy.

“Debí besarla”, pensé una noche tras despedirnos. Fue una certeza que llegó al instante. Por varios días creí que guardando ese beso me había condenado a la angustia que entonces vivía. ¿A dónde van los besos que nunca dimos, los besos que nunca fueron?

La obsesión de pensar en ese beso no nacido me llevó pronto a recordar tantos otros: besos que no siendo, definieron mi existencia. Y es que quizá lo que somos se construye esencialmente de esos vacíos que plagan nuestras vidas. En esos silencios está nuestra voz. Son las pequeñas omisiones las que definen nuestro ser.

Tenemos a ratos la certeza de un deber que no cumplimos, y será ese remordimiento más poderoso que todos los imperativos derivados de nuestros haceres. Por eso aquel beso que no dimos termina marcando aquellos que mañana vendrán.

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Existencia

De vez en cuando lo absurdo de la realidad se revela sin tapujos. Entonces, nos damos cuenta de lo carente de sentido que puede resultar la existencia. Sin embargo, aún ante el vacío parece inevitable aferrarse a la más mínima posibilidad de un para qué… Y, así, si no lo tenemos, lo inventamos.

Llegará el día, lo sabemos, en que dejaremos de estar. Somos acaso un instante. Pero incluso en nuestra insignificancia, tenemos la trascendencia al alcance. Dirán alugunos que se vale renunciar a ello, y supongo así es. Mas eso no nos niega al resto la posibilidad de creer, de soñar. Y, entonces, damos un nuevo paso.

Pensando en Amaya y en su infatigable existencia.

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“Estoy enamorado”

— ¿Sabes, Yaya? Me voy a casar con Irene. Ya lo hablamos.

Con esas palabras mi sobrino, de 3 años y 10 meses, le participó la buena nueva a su abuela.

“Mañana cumple 4 la afortunada”, me cuenta mi mamá a través de un mensaje en el celular.

— Voy a necesitar que me ayudes —agregó el pequeño—, porque quiero hacerle un dibujo de una corona.

Dice mi madre que el dibujo en cuestión quedó hermoso. “¿Qué te recuerda?”, me pregunta, retando a mi terrible memoria. Sabe que recuerdo algo, pero no sé qué y menos soy capaz de evocarlo.

“Sé que eso lo viví”, respondo con otro mensaje. “Pero dime tú, sabes que la memoria de mi niñez ha muerto”.

Escribe mi mamá: “Tú mero, a su edad. Llegando del kinder, lavándote las manos para comer, me anunciaste: Mamá, estoy enamorado.”

Han pasado más de treinta años… No sé qué fue de Jennifer (dice mamá que así se llamaba), pero yo sigo siendo el mismo enamoradizo de entonces.

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Pesimistas

Puede ser muy delgada la frontera entre dos actitudes que son radicalmente distintas.

Será delgada, quizá, pero si existe es definitiva. Por eso me enfada tanto que las personas traten por igual a quien asume una u otra posición. Vengo pensando en lo que algunos llaman ser pesimista o negativo, usando las mismas etiquetas para referirse a realidades profundamente distintas.

Me repugna, por un lado, esa actitud de víctima tan difundida en nuestra cultura de melodrama. Esa actitud de quien vive permanentmete quejándose o lamentándose de la realidad que vive. Para esta gente, las cosas nunca podrían ir peor, siempre se siente mal, el entorno está lleno de tragedias que les llevan a deambular con rostro acongojado, en espera del próximo que ha de preguntarles: ¿Todo bien? ¿Te pasa algo? ¿Cómo marchan hoy las cosas? Cualquier oportunidad es buena para que estos se desahoguen con su letanía de lamentaciones o para responder con un tímido “todo bien” o “estamos, que ya es ganancia”, mientras la mirada espera la reacción inmediata de su interlocutor: “¿De veras?”

Nada tiene que ver este victimismo con la condición del pesimista existencial, el que se ha dado cuenta de que el mundo es una miseria y ha perdido toda esperanza en el hombre. O quien, dispuesto a formular una posibilidad y creyendo realmente que el género humano tiene posibilidades de renacer, conserva ese pesimismo antropológico que funda en un cierto examen de la humanidad, ya sea racionalmente o por pura intuición. Nada peor para uno de estos que ser tomado por Magdalena. Su desespanza es profunda y, si llega a compartirla o nombrarla en voz alta, jamás será para ganar la compasión del otro. No busca que le ayuden a salir de ninguna oscuridad. ¡No vaya alguien, por favor, a responderles con uno de esos manuales para la felicidad o decirle que conspire con el universo para se feliz! Lo más que logrará es refrenda en este pesimista es convicción de que no hay esperanza posible.

¿Cómo distinguir entre ambos perfiles? Esoy seguro que, nomás saber que tal diferencia existe, uno será capaz de reconocerla. Pero si esto no sucede, mejor permanecer a raya. Si el sujeto en cuestión es de los que aspiran a protagonizar un culebrón, le hará uno un favor evitando que siga dando pena. Si se tratara de alguien profundamente convencido de la imposibilidad de tener fe, por difícil que parezca, uno estará dando espacio para que el examen que esta persona realiza desde esa condición, conduzca a cierto territorio de lo posible. Y será mejor para todos.

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